Este lunes 18 de noviembre, un conjunto de personas autodenominadas católicas irrumpieron en la Catedral Metropolitana de Managua para tomarse las naves sagradas. Pareciera que el itinerario religioso descrito en sus bitácoras de vidas tiene como lema “cultivar el amor con odio”. La oración de estos feligreses se basa en gritos, golpes y hostigamientos a quienes no rinden culto al líder mesiánico. Ciertamente, es un protocolo básico que una persona demócrata y respetuosa de las libertades públicas y religiosas reprobaría sin vacilaciones, pero eso supone un grado de cordura que ha cercenado el gobierno de nuestro país.
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Este lunes 18 de noviembre, un conjunto de personas autodenominadas católicas irrumpieron en la Catedral Metropolitana de Managua para tomarse las naves sagradas. Pareciera que el itinerario religioso descrito en sus bitácoras de vidas tiene como lema “cultivar el amor con odio”. La oración de estos feligreses se basa en gritos, golpes y hostigamientos a quienes no rinden culto al líder mesiánico. Ciertamente, es un protocolo básico que una persona demócrata y respetuosa de las libertades públicas y religiosas reprobaría sin vacilaciones, pero eso supone un grado de cordura del que carece el gobierno de nuestro país.

El gobierno del FSLN rentabiliza los discursos y simbología religiosa para manosear la subjetividad religiosa de los incautos. Para lograr este objetivo requiere de operadores políticos como Tomás Valdez, quién estaba presente en la toma de la Catedral. Valdez se autodefine como católico, pero su Dios y sus representantes religiosos no están en el cielo ni en la Catedral de Managua, sino en el Carmen (Casa presidencial, Secretaría FSLN y Hogar de la Pareja Presidencial). Resulta que cuando un absoluto desaparece otro absoluto ocupa su lugar. Esta dimensión metafísica está de fondo en la toma de la Catedral y es el  resultado del trabajo político-ideológico  del FSLN.

Daniel Ortega en sus campañas ha emulado a Moisés ofreciendo la Tierra Prometida, también al Mesías evocando el Sol que nace de lo alto.  De esta manera, crea una nueva hegemonía que consiste en politizar el campo religioso. Se trata de introducirse en la cultura religiosa del país para recrearlo  y reconstituirlo con  contenidos que suplantan al Dios Providencial del Cielo, por el Dios pragmático que reparte mendrugos de pan a su pueblo aquí y ahora.

Eso impacta directamente a la subalternidad que se encuentra expuesta a la indefensión social y está desposeída de elementos epistemológicos y recursos analíticos para subvertir el intento pernicioso  de manipulación de su ámbito subjetivo. De manera que la dimensión intima del ser humano, que era administrada por la Iglesia Católica es vaciada de su contenido para ser rellenado de conceptos que estimulan el fanatismo ideológico. Esto es mucho más peligroso que la profanación de la Catedral.

Trabajar los sentimientos, la religiosidad y la búsqueda de sentido de la vida en la política deviene en fascismo, por eso muchos científicos sociales son reacios a aceptar que la política apele demasiado a los sentimientos sobreponiéndolos a la razón. La población tiende a actuar por impulsos y reflejos disminuyendo el raciocinio de sus acciones.

Los acontecimientos en la Catedral nos muestran que la carga emotiva sobrepasa la razón. Sin embargo, es una acción racionalmente planificada por quienes impulsan un proyecto político que se fundamenta en la promoción del odio y la violencia como mecanismos para conservar el poder, por muy paradójico que suene, es equivalente a sembrar el amor con odio.

Por lo tanto, es una táctica que funciona en la coyuntura, pero tiene un destino de corto aliento. La toma de la Catedral funcionó para desplazar a las personas que estaban en huelga de hambre, pero el precio político que tiene que pagar el gobierno supone una cuota muy alta a largo plazo. Así mismo, sostenerse por medio de las armas frente a un pueblo que ve procesar a sus activistas solo por intentar distribuir agua a quienes oran junto al padre Edwin Román en Masaya.


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